La Metamorfosis
La Metamorfosis —Bueno —dijo Gregorio, convencido de ser el único que habÃa conservado la calma—. Enseguida me visto, recojo el muestrario y me voy. Me dejarán que salga de viaje, ¿verdad? Ya ve usted, señor gerente, que no soy testarudo y que trabajo con gusto. Viajar cansa; pero yo no sabrÃa vivir sin viajar. ¿Adónde va usted? ¿A la tienda? ¿SÃ? ¿Lo contará todo tal como ha sucedido? Uno puede tener un bajón momentáneo; pero es precisamente entonces cuando deben acordarse los jefes de lo útil que uno ha sido y pensar que, una vez superado el contratiempo, trabajará con redobladas energÃas. Yo le estoy muy agradecido al señor director, como usted bien sabe. Por otra parte, tengo que atender a mis padres y a mi hermana. Es verdad que hoy me encuentro en un apuro. Pero trabajando lograré salir de él. No me ponga las cosas más difÃciles de lo que están. Póngase de mi parte. Ya sé que al viajante no se lo quiere. Todos creen que gana dinero en cantidades, sin trabajar apenas. No hay ninguna razón para que este prejuicio desaparezca; pero usted está más enterado de lo que son las cosas que el resto del personal, incluso que el propio director, que, en su calidad de propietario, se equivoca con frecuencia respecto de un empleado. Usted sabe muy bien que el viajante, como está fuera de la tienda la mayor parte del año, es blanco fácil de habladurÃas, equÃvocos y quejas infundadas, contra las cuales no le es fácil defenderse, ya que la mayorÃa de las veces no llegan a sus oÃdos, y solo al regresar extenuado de un viaje empieza a notar directamente las consecuencias negativas de una acusación desconocida. No se vaya sin decirme algo que me pruebe que me da usted la razón, por lo menos en parte.