La Metamorfosis
La Metamorfosis Gregorio no llegó, pues, a salir de su habitación; permaneció apoyado en la hoja de la puerta, mostrando solo la mitad de su cuerpo, con la cabeza ladeada, contemplando a los presentes. La lluvia había amainado, y al otro lado de la calle se recortaba nítido un trozo de edificio negruzco. Era un hospital, cuya monótona fachada jalonaban numerosas ventanas idénticas. La lluvia caía ahora en goterones aislados, que se veían claramente al tocar el suelo. Sobre la mesa estaban los utensilios del desayuno; para el padre, era la comida principal del día, que prolongaba con la lectura de varios periódicos. En la pared que Gregorio tenía enfrente, colgaba un retrato de este durante su servicio militar, con uniforme de teniente, la mano en el puño de la espada, sonriendo despreocupadamente, con un aire que parecía exigir respeto para su uniforme y su actitud. Esa habitación daba a la sala; por la puerta abierta se veía la del apartamento, también abierta, y el rellano y el primer tramo de la escalera que conducía a los pisos inferiores.