Un médico rural
Un médico rural —¡Al galope! —grité, pero nada de galope; despacio, como viejos, nos arrastrábamos por los desiertos de nieve; largo tiempo se oyó tras de nosotros el nuevo y erróneo canto de los niños:
Alegraos, oh pacientes,
Ya os han puesto en cama al médico.
A este paso no llegaré nunca a casa; mi floreciente reputación está perdida; un sucesor me roba la clientela, pero inútilmente, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el furor del asqueroso caballerizo; Rosa es su vÃctima; no quiero ni pensarlo. Desnudo, expuesto a la helada de esta época desdichada, con un coche terreno y caballos ultraterrenos, vago por los campos, yo, un anciano. Mi pelliza cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarla, y de la moviente chusma de mis clientes, ni uno mueve un dedo. ¡Traicionado! ¡Traicionado! Una sola vez que se conteste a una falsa llamada de la campanilla nocturna… y ya no hay esperanzas de arreglo.