Un médico rural
Un médico rural —Joven amigo —digo—, tu error es que no tienes bastante amplitud de miras. Yo, que he visitado todos los cuartos de los enfermos, aquà y allá, te lo aseguro: tu herida no es tan mala. Hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Muchos ofrecen sus flancos, y no oyen el hacha en el bosque, y menos aún que el hacha se les acerca.
—¿Es realmente verdad, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?
—Es realmente asÃ, palabra de honor de un médico oficial.
Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi liberación. Fielmente, los caballos permanecÃan aún en su lugar. Recogà rápidamente mis ropas, mi abrigo de piel y mi maletÃn; no quise perder tiempo en vestirme; si los caballos se daban tanta prisa como en el viaje de ida, era como saltar de esta cama a la mÃa. Obediente, uno de los caballos se retiró de la ventana; arrojé mis bártulos en el coche; la pelliza cayó fuera, y sólo quedó retenida por una manga en un gancho. Suficiente. Monté de un salto a un caballo; con las riendas caÃdas, un caballo mal atado al otro, el coche atrás, bamboleándose, y finalmente la pelliza que se arrastraba por la nieve.