Un médico rural

Un médico rural

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Ya estoy desvestido, y con los dedos en la barba contemplo tranquilamente a la gente, cabizbajo. No pierdo mi compostura, y estoy preparado para todo, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos de la habitación; cierran la puerta; el canto cesa; las nubes cubren la luna; las cálidas mantas me abrigan; como sombras, las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas.

—¿Sabes —me dice una voz al oído— que mi confianza en ti no es mucha? Ante todo, no has venido aquí por tus propios medios, sino a rastras. En vez de ayudarme, me incomodas en mi lecho de muerte. Lo que más me gustaría sería arrancarte los ojos.

—Realmente —digo yo—, es una vergüenza. Y sin embargo soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que yo también me siento muy incómodo.

—¿Y quieres que me conforme con esas disculpas? ¡Ah, supongo que sí! Siempre debo conformarme. Con una hermosa herida vine al mundo; ésa fue mi única dote.


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