Un médico rural
Un médico rural —Bueno, ya aparecieron las tijeras, ¡y ahora basta! —exclamó el guÃa árabe de nuestra caravana, que se habÃa deslizado hacia nosotros con el viento en contra, y hacÃa silbar ahora su enorme látigo.
Todos huyeron rápidamente, pero a cierta distancia se detuvieron, estrechamente apretados entre sÃ; todos los animales se reunieron en un grupo tan rÃgido y apiñado, que parecÃa un pequeño hato, acorralado por fuegos fatuos.
—Asà que tú también, señor, has contemplado y oÃdo esta comedia —dijo el árabe, y rió tan alegremente como lo permitÃa la reserva de su raza.
—¿Tú también sabes lo que quieren esos animales? —pregunté.
—Naturalmente, señor —dijo él—, todo el mundo lo sabe; mientras existan árabes, esas tijeras se pasearán por el desierto, y seguirán vagando con nosotros hasta el último dÃa. A todo europeo se las ofrecen, para que lleve a cabo la gran empresa; todo europeo es justamente aquél que ellos creen enviado por el destino. Esos animales alimentan una loca esperanza; bobos, son verdaderos bobos. Por eso los queremos; son nuestros perros; más hermosos que los vuestros. FÃjate; esta noche ha muerto un camello, lo he hecho traer aquÃ.