Un médico rural
Un médico rural Aparecieron cuatro sirvientes que arrojaron ante nosotros el pesado cadáver. Apenas lo depositaron, los chacales elevaron sus voces. Como arrastrados por otras tantas cuerdas irresistibles, se acercaron, titubeantes, frotando el suelo con el cuerpo. Se habÃan olvidado de los árabes, olvidado de su odio; la presencia del hediondo cadáver los hechizaba, borraba todo lo demás. Ya uno se prendÃa del cuello, y con el primer mordisco llegaba hasta la aorta. Como una diminuta y vehemente bomba aspirante, que quisiera con tanta decisión como pocas probabilidades de éxito apagar algún enorme incendio, cada músculo de su cuerpo se estremecÃa y se esforzaba en su tarea. Y pronto se entregaron todos a la misma tarea, amontonados sobre el cadáver, como una montaña.
Entonces, el guÃa los fustigó una y otra vez con su cortante látigo, vigorosamente. Alzaron la cabeza, en una especie de paroxismo extasiado; vieron ante ellos a los árabes; sintieron el látigo en los hocicos; dieron un salto hacia atrás, y retrocedieron corriendo, hasta cierta distancia. Pero la sangre del camello ya habÃa formado charcos en el suelo, humeaba, el cuerpo estaba abierto en varios sitios; volvieron; nuevamente alzó el guÃa su látigo; detuve su brazo.
—Tienes razón, señor —me dijo—, dejémoslos seguir con su tarea; además, ya es hora de levantar el campamento. Lo has visto. Maravillosos animales, ¿no es verdad? ¡Y cómo nos odian!