Un médico rural

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—¿Los engancho al coche? —preguntó, acercándose a cuatro patas.

Yo no sabía qué decirle, y sólo me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.

—Uno no sabe nunca lo que puede encontrar en su propia casa —dijo ésta, y ambos nos reímos.

—¡Eh, Hermano, eh, Hermana! —llamó el caballerizo, y dos caballos, dos poderosos animales de fuertes flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, mediante movimientos del cuarto trasero se abrieron paso reptando uno tras otro por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero inmediatamente se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.

—Ayúdale —dije, y la atenta muchacha se apresuró a ayudar al caballerizo ocupado en enganchar los caballos. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su cara a la cara de la joven. Ésta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.

—¡Bestia! —grité furioso—. ¿Quieres que te azote?


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