Un médico rural

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Pero luego pensé que era un desconocido; que yo no sabía de dónde venía, y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se ofendió por mi amenaza, y siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí.

—Suba —me dijo; y, en efecto, todo estaba preparado.

Observo entonces que nunca había tenido un par de caballos tan hermosos, y subo alegremente.

—Pero yo conduciré; tú no conoces el camino —agrego.

—Naturalmente —dice él—, yo no voy con usted, me quedo con Rosa.

—¡No! —grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo con toda razón la inevitabilidad de su destino; oigo el ruido de la cadena de la puerta, al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo, y siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla.

—Tú te vienes conmigo —digo al mozo—, o desisto de mi viaje, por más urgente que sea. No pienso dejarte a la muchacha como pago del viaje.


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