Un médico rural

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—¡Arre! —grita él; y da una palmada; el coche parte arrastrado como una madera en el torrente; todavía tengo tiempo de oír el ruido de la puerta de mi casa que cae hecha pedazos bajo los embates del mozo, luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde uniformemente todos mis sentidos. Pero esto sólo dura un instante; en efecto, como si frente a mi puerta se encontrara la puerta de mi paciente, ya estoy allí; los caballos se detienen; la nevada ha cesado; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa; su hermana los sigue; me ayuda a bajar inmediatamente del coche; no entiendo sus confusas palabras; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable; la estufa, desatendida, echa humo; quiero abrir la ventana; pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído:

—Doctor, déjeme morir.

Miro a mi alrededor; nadie le ha oído; los padres callan, inclinados hacia delante, esperando mi veredicto; la hermana me ha traído una silla para que coloque mi maletín. Abro el maletín y busco entre mis instrumentos; el joven sigue tironeándome desde su lecho, para recordarme su súplica; tomo un par de pincitas, las examino a la luz de la bujía, y las deposito nuevamente.


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