Antropologia Collins

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Para el hombre lo más insignificante es lo más conmovedor. Las cosas presentes se aplican a los impulsos del ánimo, que no obstante tienen que ser correctos. Ahora bien, no es bueno removerlos si los medios no son adecuados. Luego nos molestamos si nos ha conmovido una falsedad; por ejemplo con un poeta que nos conmueve con una narración quimérica, y nos manipula como si de un instrumento musical se tratase. Y no nos molestamos tanto por el error, cuanto por las emociones inútiles, por lo falsas que han sido. Sin duda que podemos conmovernos también con una historia imaginaria, pero su plan tiene que corresponderse con la verdad; en ese caso no nos enojaremos por ello, pues sabemos que pisamos el país de la ficción y la imaginación. Cuando no han sido bien traídas y no hay en ellas corrección, las imágenes no conmueven. Una imaginación desenfrenada, que carece de poder sobre sí misma, es una enfermedad, y se da en los hipocondríacos, en los hombres melancólicos y en los soñadores. Así pues, la imaginación no ha de estar desbocada, sino que la razón y la experiencia tienen que ponerle límites. Por eso no podemos prescindir del entendimiento con ocasión de la imaginación, sino que tenemos que ordenarla con su ayuda y despojarla de su falsedad y su desenfreno. Hemos de tener a la imaginación bajo nuestro libre arbitrio. En los enamorados, por poner un ejemplo, provoca graves peijuicios, pues carece de corrección. Finge muchos encantos que no son más que humo. Los salvajes, en cambio, tienen la inclinación al sexo que exige la perpetuación de su estirpe, y por eso sus pasiones no les hacen tan infelices. Al enamorado le acosan por todas partes sus fantasías, que no son auténticas, sino simples quimeras. Por eso es muy necesario el dominio sobre ellas.


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