Correspondencia

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Con satisfacción he percibido en su escrito acerca de la variedad del gusto la pureza de la expresión, la afabilidad del estilo y la finura de las observaciones. No estoy ahora en condiciones de añadir algún juicio especial que se me ocurrió durante la lectura, porque he prestado el libro y no sé a quién. Pero sí recuerdo todavía un pasaje del mismo en relación con el cual tengo que hacer una objeción a la parcialidad de su amistad para conmigo. La alabanza que me dispensa, en paralelo con Lessing, me inquieta. Pues de hecho no poseo mérito alguno digno de tal alabanza: es como si viese a mi lado al irónico o burlón, que me atribuye tales pretensiones y toma de ello ocasión para la maliciosa falta. De hecho no pierdo la esperanza de que me quepa algún mérito en el campo en el que trabajo. Recibo objeciones de todos lados, sobre la esterilidad en la que parezco estar sumido desde hace largo tiempo, cuando en realidad nunca he trabajado de manera más sistemática e intensa que en estos años, desde que usted no me ve. Muchos temas, cuya elaboración obtendría presumiblemente éxito por un tiempo, se acumulan en mis manos como suele ocurrir cuando uno se ha provisto de algunos principios suficientemente fecundos. Pero están contenidos en su conjunto, por un asunto capital, como por un dique, [asunto] en el que espero lograr un mérito perdurable; y en cuya posesión creo encontrarme ya realmente; [asunto] en orden al cual, en este momento, ya no es necesario tanto pensarlo más, como sencillamente redactarlo. Tras la realización de este trabajo, que emprendo ahora de inmediato —luego de haber superado los últimos impedimentos apenas el verano pasado— me instalo en un campo abierto cuyo recorrido será como una diversión ante mí. Hace falta mucha obstinación —si debo decirlo— para seguir sin vacilación un plan como éste; con frecuencia me he visto empujado por las dificultades a dedicarme a otras materias más agradables, deslealtad de la que una y otra vez y otra me han hecho reaccionar, en parte la superación de algunos impedimentos, en parte la importancia del asunto. Usted sabe que es preciso poder avistar el campo de la razón que juzga con independencia de todos los principios empíricos, es decir, de la razón pura, pues [tal capacidad] se encuentra a priori en nosotros y no puede esperar a encontrar su apertura en modo alguno en la experiencia. Pues bien, para especificar la esfera completa de ese campo, sus partes estructurales, los límites y su contenido total conforme a principios seguros, y para colocar los mojones de tal modo que se pueda saber en el futuro con seguridad si uno se encuentra en el terreno de la razón o de la sofistería, hace falta una crítica, una disciplina, un canon y una arquitectónica de la razón pura; por ende, una ciencia formal para la cual no se puede utilizar nada sacado de las que ya hay; y que precisa para su fundamentación incluso de expresiones técnicas completamente propias. No pienso terminar este trabajo antes de Pascua, sino que emplearé en él una parte del próximo verano, en la medida en que mi salud, continuamente quebrantada, me permita trabajar. Pero ruego, no obstante, que acerca de esta previsión no se susciten expectativas, las cuales suelen ser a veces molestas y con frecuencia perjudiciales.


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