Correspondencia
Correspondencia Usted invita al recensor de su obra en los periódicos de Göttingen [Zugaben zu den Göttinger gelehrte Anzeigen] a que se identifique. Pues bien, yo no puedo en ningún caso reconocer como mía esa recensión tal como aparece allí. No habría consuelo para mí, si hubiera emanado íntegramente de mi pluma. Tampoco creo que ningún otro colaborador de este periódico, trabajando solo, hubiera podido producir algo tan poco coherente Pero a pesar de todo, alguna parte tengo en ello, y dado que me importa que un hombre al que siempre tuve en muy alta estima me reconozca al menos como un hombre honrado —aunque me vea al mismo tiempo como un metafísico superficial—, salgo del anonimato, tal como lo exige usted en un pasaje de sus Prolegómenos. Pero para situarlo en disposición de juzgar correctamente, debo contarle la historia entera. Hace dos años (después de haber pasado muchos en mi tierra, notablemente enfermo, ocioso y en la oscuridad) emprendí un viaje a Leipzig, pasando por Hannover hasta Göttingen. Recibí muchas pruebas de cortesía y amistad de parte del Sr. Heyne, director, y de otros colaboradores de ese periódico; no sé qué sentido de agradecimiento, mezclado con algo de amor propio, me impulsó a solicitar voluntariamente mi aportación con una recensión. Puesto que precisamente entonces acababa de publicarse su Crítica de la razón pura y yo me prometía un enorme placer en una gran obra que tenía como autor a Kant —dado que sus pequeños escritos previos me habían procurado ya tanto—; y dado que al tiempo consideraba útil para mí tener un motivo para leer este libro con una atención mayor que la habitual, me postulé como recensor de su obra aun antes de haberla visto. Esta promesa fue precipitada y ésta es, en efecto, la única insensatez de la que soy consciente en todo el asunto y de la que todavía me arrepiento. Todo lo demás es, o bien una consecuencia de mi incapacidad real, o mala suerte. Reconocí enseguida, en cuanto empecé a leer la obra, que había elegido mal, que esta lectura iba a ser demasiado difícil para mí, particularmente en ese momento, durante un viaje, estando distraído, ocupado todavía con otro trabajo, debilitado desde hacía años y, como siempre, delicado de salud. Le confieso que no conozco libro alguno en el mundo cuya lectura me haya costado tanto esfuerzo; y si no me hubiera sentido comprometido por la palabra dada, habría dejado su lectura para tiempos mejores, en los que mi cabeza y mi cuerpo estuviesen más fuertes. Desde luego, no me puse a trabajar a la ligera. Dediqué a la obra todas mis fuerzas y toda la atención de la que soy capaz; la leí entera. Creo que he comprendido correctamente el sentido de la mayoría de los puntos, separadamente, pero no estoy tan seguro de haber abarcado el conjunto. Al principio realicé un extracto completo de más de doce pliegos, entremezclado con las ideas que se me iban ocurriendo durante la lectura. Lamento que se haya perdido este extracto; era, como suele ocurrir con mis primeras ideas, mejor que lo que luego hice a partir de ahí. Sobre la base de esos doce pliegos, que de ninguna manera podían convertirse en una recensión periodística, elaboré una recensión, ciertamente con mucho esfuerzo (puesto que por una parte quería limitarme, pero por otra quería resultar comprensible y estar a la altura de la obra). Pero esto resultaba también bastante extenso, pues no es posible de hecho hacer, sin que resulte absurdo, una breve reseña de un libro cuyo lenguaje hay que dar a conocer al lector en primer lugar. Envié ésta última, aunque me di cuenta en seguida de que sería más larga que las más largas que publica el periódico; en realidad porque no era capaz de acortarla sin mutilarla. Alimentaba la esperanza de que en Göttingen, o bien debido a la extensión, o bien dada la importancia del libro, incumplirían la regla habitual; o bien, que si la recensión era en cualquier caso demasiado larga, serían capaces de abreviarla mejor que yo. El envío se hizo desde Leipzig en mi viaje de vuelta. Durante mucho tiempo (después de haber regresado a Silesia, mi patria) no se publicó; finalmente recibo el ejemplar donde se encontraba mi recensión. Puede usted creer que ni usted mismo habría sentido al verla tanta indignación o descontento como yo sentí. Algunas frases de mi manuscrito efectivamente se habían conservado, pero con seguridad que no exceden la décima parte de mi recensión, ni la tercera parte de la de Göttingen. Vi que mi trabajo, que realmente no se había hecho sin esfuerzo, había sido prácticamente inútil, y no solamente inútil, sino perjudicial. Pues el erudito de Göttingen que acortó e interpoló mi recensión, si hubiera hecho algo por sí mismo, incluso tras una lectura rápida de la obra, hubiera sido mejor, o por lo menos más coherente. Para justificarme ante mis amigos de confianza que sabían que había hecho un trabajo para Göttingen, y para suavizar al menos ante ellos la mala impresión que esta recensión tenía que causar a cualquiera, envié mi manuscrito, luego de haberlo recuperado al cabo de un tiempo, desde Göttingen al consejero Spalding, a Berlín. Desde entonces Nicolai me ha solicitado publicarlo en la Biblioteca Universal Alemana [Deutsche Allgemeine Bibliothek]. He asentido con la condición de que uno de mis amigos berlineses la compare con la recensión de Göttingen, en parte para que cambie las frases que se conservaron allí, y en parte por asegurar antes si vale en absoluto la pena. Pues en estos momentos me encuentro totalmente incapaz de dedicarle ningún esfuerzo más. Pues bien, no sé nada más al respecto. Junto con esta carta escribo también al Sr. Spalding y le pido, si el manuscrito no está impreso todavía, que mande hacer una copia y se la envíe a usted junto con mi carta. Entonces podrá usted comparar. Si se encuentra tan insatisfecho con esta recensión como con la de Göttingen, será una prueba de que no tengo penetración suficiente como para juzgar una obra tan difícil y profunda; y de que no está escrita para mí. Creo, no obstante, que aunque se encuentre insatisfecho, pensará con todo que me debe algún respeto y consideración; y espero todavía con más certeza, que se convertiría en mi amigo, sí llegáramos a conocernos personalmente.