Correspondencia
Correspondencia Hace ya tiempo que admiro en su persona un espíritu filosófico ilustrado y un gusto depurado por la lectura y los conocimientos mundanos; y que lamento, con Sultzer, que a talentos tan excelentes la enfermedad les impida favorecer al mundo con toda su fecundidad. Ahora gozo del placer, todavía más puro, de hallar en su misiva pruebas claras de honradez precisa y escrupulosa y de una forma de pensar humanitaria comprometida, que otorga a aquellos dones del espíritu su verdadero valor. Esto último no creo poder suponerlo de su amigo de Göttingen, que, con todo desenfado, a lo largo de toda su recensión (porque puedo llamarla suya, después de la mutilación) no respiraba más que animosidad. En mi escrito había, desde luego, algunas cosas que merecían ser mencionadas, a pesar de no conceder su aprobación a la explicación de las dificultades que planteé, aunque sólo fuera porque las presenté por vez primera bajo una luz apropiada y en toda su amplitud; porque llevé el problema, por así decir, a su fórmula más simple, aunque no lo haya resuelto. Pero él, cor cierta fogosidad, puedo incluso decir que con visible encono, lo tira todo por tierra. Hago notar solamente la menudencia de que incluso evitó a propósito la abreviatura «Sr.» antes de la palabra «autor», cosa que dulcifica la crítica y que se usa habitualmente en esa revista. Puedo adivinar con facilidad cómo es este hombre, en particular allí donde deja oír sus propios pensamientos. Como colaborador de una revista importante tiene por un momento en su poder, ya que no el honor, sí al menos el prestigio de un autor. Por supuesto, él es al mismo tiempo autor, y de esta manera pone también en peligro su propia fama, que seguramente no es tan pequeña como él imagina. Pero me callo ya, pues usted tiene a bien llamarlo su amigo. A decir verdad, debería ser también mi amigo, aunque en sentido amplio, si es que la participación conjunta en una misma ciencia, y los esfuerzos penosos aunque fallidos para asentar esa ciencia sobre una base firme, pueden dar lugar a la amistad literaria. Pero se me ocurre que aquí ha sucedido como tantas veces: este hombre ha debido preocuparse de si con semejante reforma habría él de sacrificar algo de sus propias pretensiones, temor completamente infundado, pues no se trata aquí tanto de poner límites a los autores, como del entendimiento humano.