Correspondencia

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No me queda más remedio que concluir mi carta. Será un honor exponerle más adelante, señor mío, algo de lo relativo a mi objetivo; y de requerir de usted un juicio que para mí es tan importante.

Se queja, señor mío, con razón, de la eterna frivolidad de los sabelotodo, y de la fatigosa locuacidad de los escritores que andan en candelera; que no tienen gusto alguno, más allá de hablar del gusto. Tengo para mí que ello constituye la eutanasia de la falsa filosofía, la cual expira en ridículos juegos, o algo mucho peor todavía, cuando se la sepulta en falsas y profundas sofisticaciones con la pompa del método riguroso. Antes de que renazca la verdadera filosofía es necesario que la caduca se destruya a sí misma; y al igual que la corrupción es la perfecta disolución que va delante cuando ha de iniciarse una nueva generación, del mismo modo, la crisis del saber y la erudición, en un tiempo en el que, con todo, no faltan buenas cabezas, me hace abrigar la mejor esperanza de que no está muy lejos la tan deseada revolución de las ciencias.

El Sr. Prof. Reccard, que tanto me ha alegrado con su afable visita y con su respetable carta, es muy querido y valorado aquí; merece ambas cosas, por más que ciertamente no se llegue a justipreciar todo su mérito. Le envía todos sus respetos; y yo, señor mío, quedo de usted su muy seguro servidor

IMMANUEI KANT


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