Correspondencia
Correspondencia El entrañable interés que tiene por mi vida, del cual mi hermano me ha contado mucho en sus cartas y de lo cual estaría completamente convencido incluso sin ese testimonio; la confianza bondadosa y el bienintencionado afecto con que me honra desde hace algunos años, son tan halagadores y emocionantes para mí que me llevan a encontrar en ello disculpa y estímulo para molestarle de vez en cuando. La errancia de mi vida, el cambio frecuente de lugar de estancia, las incontables dispersiones a las que uno se expone por ello, han sido la causa de que no me haya permitido el gusto de escribirle hasta ahora. Sin duda alguna usted estará al corriente de que cambió mi decisión de ir a Göttingen por Holanda o por Hamburgo; he tomado el camino por París y espero que no lo desapruebe. Cambié mi ruta porque averigüé tras cálculos exactos que la diferencia de los gastos de viaje no era considerable en absoluto cualquiera que fuese el camino y porque iba a llegar a Göttingen en todo caso demasiado tarde y ya no podría aprovechar nada de los profesores ni de la biblioteca de allí. La razón principal para ir a París, una vez que ya estaba tan cerca, fue para estar en este lugar en la época principal de su historia. De esta manera he sido testigo de la gran fiesta de la Fédération de los franceses [fiesta del Champs de Mars del 14 de julio de 1790]; ¡cuánto empeño he puesto en ser todo ojos y todo oídos de todos los acontecimientos maravillosos que han tenido lugar en París, durante mi estancia! Al principio creí estar en el país de los hombres felices; pues todos, incluso el habitante más insignificante parecía por su comportamiento y sus palabras mostrar cuán fuertemente sentía que vive en un país que se ha liberado completamente del yugo y de la opresión de los poderosos, y donde la libertad y los derechos de la humanidad en general se veneran en el más alto grado y se mantienen en su dignidad. No por eso me situaba yo al respecto en preferir ahora Francia frente al país del orgulloso británico que desprecia a las demás naciones y las mira como esclavos, aunque algo podría decirse todavía contra la libertad británica. Algunos días antes y después de la fiesta de la Fédération se veían en París ejemplos de patriotismo, de amor por la igualdad en todos los estamentos, cosas que apenas nadie se hubiera atrevido a soñar. Pero este espíritu pareció dominar sólo mientras se divertía al pueblo con fiestas, bailes y banquetes, y se le distraía del modo más diverso. Cuando terminó todo y los diputados de las provincias se retiraron, sólo se oía cómo crecían por todas panes quejas y descontento; incluso por parte de quienes se habían declarado los auténticos amigos de la revolución.