Correspondencia
Correspondencia […] En Mainz me quedé dos dÃas y medio, que pasé mayormente en la casa del Sr. consejero áulico Forster. Es un hombre sumamente amable y servicial. En su biblioteca encontré de nuevo todas sus obras más recientes e incluso alguno de los escritos más tempranos; él en cambio lamentaba que su propio trabajo literario habitual no le dejaba tiempo para estudiar sus tratados según lo que merecen. Me pidió encarecidamente que le transmita la seguridad de su inmenso respeto; como también que enviara sus saludos al Prof. Kraus, de cuyo trato en BerlÃn se acuerda con placer. Lamenta también haber utilizado aquel tono en su disputa con usted. PermÃtame que ponga aquà unas lÃneas que me escribió: «Muéstrale al excelente Kant mi veneración. Mi ensayo contra él tiene un aire de mal humor polemizante que muy pronto, en cuanto lo vi impreso, hubiera querido quitar, porque ni pertenece a la cosa misma, ni es adecuado contra un hombre como Kant. En mi descargo sólo puedo decir que todo lo que entonces escribà en Wilna tenÃa ese aire, y soy materialista en grado suficiente para aducir por lo menos el asunto de la indisposición corporal que entonces realmente padecÃa. No olvide saludar al Prof. Kraus, etc.» El Sr. consejero áulico Sommering también le envÃa sus respetos. En Frankfurt am Main hablé con algunos médicos pero no con filósofos pensadores profundos. Visité al conde von Kayserlingk, que está aquà en la Legación, y pareció alegrarse de verme otra vez. Preguntó muy entrañablemente por usted, por cómo se encuentra, y me pidió también que mencionara en mi carta sus deseos de lo mejor para usted. De Frankfurt fui a Marburg, donde pasé un dÃa entero. Muy de mañana visité al Prof. Bering. Recuerdo siempre la carta que le escribió, en donde se declaraba su admirador y expresaba el deseo de venir a Königsberg. TodavÃa lo tiene y lo satisfarÃa con seguridad si Königsberg no estuviera tan lejos, cosa de la que se han lamentado muchos ilustrados. Además ha sido nombrado bibliotecario, lo cual lo ata mucho más a Marburg. Me recibió con mucha alegrÃa y calidez, como a un protegido de Kant, y le tuve que contar realmente muchas cosas de usted. Me acaparó toda la mañana y me invitó a la comida del medio dÃa en su casa. También me contaba que por causa de su filosofÃa sigue viviendo, y bastante, in ecclesia pressa [«bajo silenciosa censura»]. Un cierto Endemann, que ahora está muerto, fue el responsable de la prohibición de leer sus tratados. También hablamos de la polémica actual con Eberhard. El profesor Bering lamentó mucho que se haya sentido movido a entrar en ella, pues creÃa que si usted hubiera sabido la poca reputación que tiene ante el público no se habrÃa tomado la molestia de rebatirlo. He oÃdo este mismo juicio de varios amigos suyos de Göttingen, etc. TodavÃa quiero decirle lo siguiente sobre la persona del profesor B. Es un hombre de casi cuarenta años, de gran seriedad y profundidad de pensamiento que refleja en todo su ser; se parece tanto de cara como de figura a nuestro Prof. Holtzhauer, aunque no es tan alto ni tan flaco, pero habla exactamente como él. Me prometió enviar un trabajo pequeño que hizo imprimir como programa cuando cesó en el Rectorado. El trabajo hace referencias diversas a su obra; me ha prometido enviármelo a Leipzig, donde lo encontraré a mi llegada. Después de comer fuimos a casa del profesor Tiedemann, pero como no estaba no he hablado con él. Luego me acompañó a casa de otro admirador suyo, un converso, el consejero Jung, que se alegró mucho de verme, porque le podÃa dar noticias sobre usted, y me pidió le enviara sus mejores saludos. Lo mismo hizo el consejero privado Selchow, al cual me llevó el Prof. B. pues es un hombre muy gracioso y ya que estaba en Marburg querÃa presentármelo a toda costa. Por último fui yo a Baldinger, que no me dejó irme antes de anochecer. Nunca he visto a la humanidad en una decadencia tal. PodrÃa llenar hojas enteras sobre él, pero lo dejo para contárselo de palabra. De Marburg fui a Cassel, donde estuve de nuevo un par de dÃas viendo lo más interesante de la naturaleza y del arte tanto dentro como alrededor de la ciudad. Pero en este lugar no he encontrado novedades literarias. Por fin llegué a Göttingen el 21 de septiembre. Visité en seguida a mi amigo el profesor Arnemann, donde, respondiendo a mis ardientes deseos, encontré cartas de mis amigos de Königsberg, que convirtieron el dÃa en una fiesta. Me alegró de corazón leer en todas las cartas que todavÃa hay buen recuerdo de mà en mi ciudad natal. Sobre todo me alegré de encontrar una valiosa prueba de su bondad y simpatÃa por mÃ, en las tres cartas con las que Vd. me proporcionaba conocimiento de los tres profesores más conocidos de Göttingen. A la mañana siguiente visité primero al consejero áulico Blumenbach, un hombre abierto y amable. Se sintió muy halagado por su carta y se ofreció a lo que necesitara durante mi estancia en Göttingen. El sábado cené en su casa. El domingo por la mañana me mostró el museo, etc. Me dio para usted la carta adjunta, asà como el primer folleto de sus contribuciones a la historia natural, que retendré hasta ocasión más cómoda, porque creo que ya lo ha leÃdo y porque no tiene tanta importancia como para mandarlo por correo. Ese mismo dÃa entregué las cartas a Lichtenberg y Kaestner. El consejero áulico Lichtenberg estaba impartiendo clases, y como estaba a mitad y no le querÃa molestar, le dejé la carta y mi dirección. Al terminar su lección suele ir en seguida a su huerta fuera de la ciudad, pero me mandó en seguida un servidor suyo, a quien puso a mi disposición para hacer una visita por la ciudad. Esperaba verme al dÃa siguiente. Por eso lo visité por la mañana, cuando llegó a la ciudad. Creo que ya sabe que es un hombre enfermizo, jorobado, que ya estuvo a punto de morir varias veces; ahora se ha recuperado un poco. La alegrÃa por su carta fue muy grande. Habló con mucho énfasis, mientras brillaban sus ojos ingeniosos y vivaces, sobre que le apreciaba mucho y desde hacÃa ya mucho tiempo, pues le conocÃa desde sus trabajos más antiguos. Dijo que se alegrarÃa extremadamente de servirle a usted o a mà de alguna forma. Me ofreció en seguida asistir a sus lecciones cuando quisiera. Al dÃa siguiente me mostró su colección de instrumentos, pasé toda la tarde en su casa y tomé café con él. Asistà a sus clases durante toda mi estancia en Göttingen, en las que trataba de la electricidad. Volvió a ofrecerme hacer uso de su sirviente cuanto y como quisiera. Lo visité y hablé con él todos los dÃas, pues ¡es un hombre tan extraordinariamente amable y cortés! Dentro de poco le escribirá por correo. También escuché de otros profesores que se ha alegrado muchÃsimo de recibir una carta de usted. Dice que yo le he traÃdo una carta del profeta del norte. Me es imposible expresar mi decepción al ver personalmente al consejero áulico Kaestner, al ver una imagen tan distinta de lo que me habÃa imaginado de su persona y estilo, a través de sus epigramas y de todo lo leÃdo u oÃdo sobre él. En vez de encontrar un hombre de cuya lengua cortante uno no sabrÃa nunca guardarse demasiado, encontré un hombrecillo pequeño, en bata de noche, [tocado] con una peluquilla redonda, ante una lámpara encendida, sentado en un cuarto con mucho calor, a quien se le notaba claramente que se alegraba de verme en cuanto le presenté un saludo de su parte y le hube entregado su carta; pero que no fue capaz de hablar, por causa de una evidente timidez y ansiedad en la que se encontraba. Más por señales que por palabras me hizo sentarme; después, entre constantes gestos de manos, inclinaciones del cuerpo y comiéndose las palabras, expresó cuán bienvenido era para él, pues le llevaba noticias de usted. Con los mismos signos de timidez continuó preguntándome por su edad y salud; y por el profesor Kraus (todos los profesores han preguntado con mucho interés por el Sr. Prof. K., p. e. Heyne, Lichtenberg, Feder). Me preguntó cuánto tiempo estarÃa en Göttingen y lamentó que mi estancia fuera tan corta; se ofreció a pasearme por todos lados, con mucho gusto, algo que rechacé porque ya habÃa encontrado otros amigos que lo harÃan. Por fin, después de una conversación entrecortada, de 10-15 minutos, me despedà de él y le dije que sentÃa no aceptar su ofrecimiento de ayudarme. El dÃa antes de mi partida lo visité otra vez y lo encontré igual. Lamentó que usted se hubiera sentido obligado a entrar en una discusión con Eberhard; que le transmitiera a mi vuelta su profundo respeto. Dentro de poco él mismo le escribirá. También visité al consejero áulico Feder, que, como alumno suyo, me recibió con mucha cortesÃa. Me habló de su gran respeto hacia usted [explicando] que cada vez que le ha refutado, lo habÃa hecho sólo por amor a la verdad, hasta que se convenció a sà mismo de que sus propios principios y afirmaciones no diferÃan mucho de los suyos. Me visitó varias veces y estuve varias veces en su casa. En el Prof. Buhle —con quien no tuve ocasión de hablar— tiene usted en Göttingen un seguidor y defensor declarado de sus principios filosóficos. Pero no tiene gran fama. Otros conocimientos que hice en Göttingen no los mencionaré, pues se limitan casi exclusivamente a profesores de Medicina. La brevedad de mi estancia no me permitió hablar con varios hombres, con los que me hubiera gustado hacerlo. Pero como era la época de vacaciones algunos estaban ausentes. De Göttingen me fui a Hannover, acompañado por uno de sus discÃpulos más agradecidos, el Sr. Friedländer de Königsberg, que ha pasado allà año y medio. […] Nada más llegar visité en Hannover al Sr. consejero privado y secretario Rehberg, un admirador y aficionado suyo excelente. Es un hombre de más o menos 30 años, que no me gustó mucho a primera visita. ParecÃa muy cerrado, un poco frÃo y estar muy enfadado, de ahà que sólo pasé con él unos minutos. En su casa vi el busto de mármol que perpetúa al famoso Leibnitz. El mismo dÃa por la tarde me devolvió la visita y fue mucho más amistoso y abierto, muy conversador, y me invitó a su mesa al dÃa siguiente, donde comà en compañÃa de su respetable madre, de su amable hermana y del joven Sr. Brand. Considero este dÃa uno de los más agradables de todo mi viaje. El Sr. consejero privado Rehberg es un hombre muy modesto en sus conversaciones, pero es imposible no reconocer en él a un hombre de cabeza, originalidad de pensamientos y de vasta erudición. Lo considero la cabeza más fina que he conocido hasta ahora entre sus discÃpulos. Sobre su CrÃtica de la razón práctica habla con un calor, como nunca hasta ahora he oÃdo a nadie sobre escrito alguno. Quiere escribir con el tiempo un Derecho Natural en donde mostrará que justamente ahà se contienen ciertas antinomias de la razón, como en la filosofÃa especulativa y en la moral. Su modestia, y saber que está usted cargado de cartas, le impidieron escribirle; sin embargo en carta a Nicolovius se ha atrevido a enviar algunas preguntas, para las cuales le pide una solución, en cuanto tenga ocasión. [A esas alturas Kant ya las habÃa contestado el 25 de septiembre de 1790] (…)