Correspondencia

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Pero ¿por qué olvida usted, mi querido filósofo, a su gran igual, al tercer hombre?; ¿ese que posee un humor tan sociable, tanta filosofía humana, el amigo de nuestro viejo Leibniz, a quien éste debió tanto y leyó con tanto gusto, al burlador filosófico, que «ríe verdad», en mucha más medida que otros la tosen o la escupen, en una palabra, al conde de Shaftesbury? Es una pena que su doctrina de las costumbres, o sus investigaciones sobre la virtud, y más recientemente sus tratados sobre el entusiasmo y el humor, hayan caído en manos tan mediocres que en parte nos quitan las ganas de leerlo (en lo cual incluyo el maremágnum de largas y absurdas refutaciones del último traductor). En todo caso, aunque a mí el criterio de verdad de este autor —consistente para él en la dignidad de reír— me parece en sí mismo risible, con todo, es para mí un compañero tan amable, que con mucho gusto quisiera que a usted se lo pareciera igualmente.

Deje que muera ya en su noche aquel oscuro y rudo poema que recuerda [siendo estudiante le hizo a Kant un poema]. Antes de que un Pope pueda adivinarse en él, estaría Aristóteles en nuestro Lindner, o en mi Schlegel el paradigma de la exquisitez.



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