Correspondencia
Correspondencia Amigo mío estimado, el puesto que usted prevé para mí en el futuro, tras un Montaigne, Hume y Pope, aunque la esperanza de ello es demasiado halagadora, dando por descontado alguna pequeña inflexión en el camino, constituye al menos el deseo de mi musa. Ha sido para mí ocupación de ciertas dulces soledades leer a Montaigne con la callada reflexión con que uno ha de seguir la disposición de ánimo de su cabeza, de modo que pueda convertir cada historia que pergeña, cada pensamiento suelto y escurridizo que atisba, en una producción, o en un experimento artístico del alma humana. ¡Qué gran hombre sería el que hablase de la rica psicología de Baumgarten con la experiencia anímica de un Montaigne! A Hume, cuando andaba entusiasmado con Rousseau, apenas podía soportarlo, pero a partir del momento en que fui interiorizando que, sea cual sea la razón, el ser humano es y tiene que ser de una vez por todas un animal social, a partir de ahí, aprendí a estimar al hombre que podría ser llamado un filósofo de la sociedad humana. Por eso también he comenzado en la escuela la historia británica, aunque sólo sea para acompañar, razonando su propia historia, al mayor historiador entre los modernos; y me indigna que su nuevo boceto de Gran Bretaña haya caído en las manos de un traductor tan mediocre, que ya es mucho si en muchos lugares nos deja entender al menos la mitad.