Correspondencia

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¿Me perdona, mi queridísimo Sr. profesor, que encontrándome aquí desde el jueves, no haya dado señales de vida hasta ahora? La vigilia desacostumbrada, los cinco días de viaje y el traqueteo ininterrumpido que se sufre en el carruaje de postas debilitaron mi cuerpo, desacostumbrado por el mimo de las comodidades, de manera que sintiéndome incapacitado para nada importante, ¡cuánto más para conversar con usted! [Y sin embargo] su mero recuerdo llena mi alma de respetuoso asombro y sólo con gran esfuerzo soy capaz de concentrar mi conciencia dispersa y proseguir mis pensamientos. Sólo a usted debo agradecer la feliz transformación del estado [en que estaba], del que únicamente yo soy culpable; sin usted mi vida seguiría atada al carro de los prejuicios, como tantos de mis compañeros, una vida a menos altura que cualquier vida animal; tendría un alma sin fuerzas, un entendimiento sin actividad, en pocas palabras, sin usted sería lo que era hace años, es decir, no sería nada. Ciertamente el rol que ahora represento es muy pequeño si considero mis conocimientos en y por sí mismos, o si los comparo con los de muchos otros; pero es infinitamente elevado si lo comparo con el que desempeñaba hace unos años. Puede que sirva de consuelo a los ignorantes el que nosotros, con toda nuestra ciencia, no lleguemos más lejos que ellos mismos; y aunque la queja constante de los sabios hipocondríacos sea que nuestros conocimientos aumentan nuestra infelicidad, me río de los primeros y a los segundos los compadezco; jamás dejaré de considerar el día en que me entregué a las ciencias como el más feliz y el día en que usted se convirtió en mi maestro como el primero de mi vida.


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