Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica «Quien es íntegro puede muy bien decir: quiero que haya un Dios» (A 258), sentencia Kant en su Crítica de la razón práctica, donde postula nada menos que la existencia divina como condición de posibilidad para el sumo bien. Nos encontramos aquí ante una de las tesis kantianas que peor han sido comprendidas por sus propios admiradores. Alguien que se consideró a sí mismo como el mejor intérprete de Kant no supo disimular su profunda decepción. Me refiero a Schopenhauer, quien entiende que dicho postulado asentaría sobre bases teológicas la moral kantiana y caricaturiza este presunto coqueteo con la teología comparando a Kant «con un hombre que en un baile de máscaras corteja durante toda la noche a una bella enmascarada ilusionado por hacer una conquista, hasta que ella finalmente se descubre y se da a conocer como… su mujer[56]». Heinrich Heine fue aún más lejos en su sátira y en ella Kant es equiparado con una especie de Robespierre que guillotina teóricamente a la divinidad, para pasar a resucitarla luego por compasión hacia su fiel criado Lampe.