Fundamentación de la metafísica de las costumbres
Fundamentación de la metafísica de las costumbres Basta con leer el Prólogo y el primer capítulo de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres para poder hacerse con una primera visión de conjunto de la ética de Kant. Ya desde ese momento la moral kantiana se granjea la simpatía de numerosos lectores. A muchos otros sin embargo, y también desde ese mismo momento, se les antoja difícil de digerir. Pensemos, por ejemplo, en la obsesión del filósofo de Königsberg por la pureza moral de nuestras acciones. Esta obsesión queda manifiesta en su radical planteamiento de la dialéctica entre deber e inclinación que le hace decir:
Una acción realizada por deber tiene, empero, que excluir por completo el influjo de la inclinación.[1]
Meditando sobre los fundamentos de la ética, el gran poeta F. C. Schiller, un par de generaciones más joven que Kant y uno de sus más brillantes seguidores, expuso humorísticamente en estos versos los escrúpulos que pudieran pesar en la conciencia de un adicto a la ética kantiana sobre la moralidad de su conducta:
De buen grado sirvo a mis amigos, mas, ¡ay!, lo hago con placer.
De ahí que me atormente la duda de no ser persona virtuosa.
