Fundamentación de la metafísica de las costumbres
Fundamentación de la metafísica de las costumbres La inclinación de muchos lectores, entre los cuales me cuento, de asentir a esa teoría kantiana de los dos mundos no es, desde luego, invencible. En particular, vuelvo a repetirlo desde el momento en que nos enteramos de que tanto Aristóteles como Spinoza diseñaron en su día sendas visiones alternativas y bastante sensatas de los dos mundos, dialécticamente conflictivos, de la razón y la pasión[58]. Ambas los consideran diferentes e incluso opuestos pero no tan abisalmente separados como los describe el sistema de pensamiento kantiano.
Kant termina su Fundamentación de la metafísica de las costumbres con una larga reflexión sobre el límite supremo de la investigación moral. Escrutar ese límite le parece que ha sido provechoso por varias razones. En primer lugar, porque nos libra del error de querer buscar el asiento de la moral en el mundo de lo sensible o fenoménico, encerrándonos así en el callejón sin salida de lo meramente empírico. Y en segundo lugar, porque nos sirve también de aviso para no caer en el extremo opuesto de tomar acríticamente por conocimiento efectivo lo que no son más que especulaciones de nuestra mente sobre la caracterización positiva de los objetos del mundo inteligible, cuando sólo pueden ser asunto de lo que Kant llama «fe racional.» Esa fe, no revelada por ninguna divinidad, sustancia nuestra certidumbre de ser miembros de un «mundo inteligible».
