Historia natural y teoria general del cielo

Historia natural y teoria general del cielo

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¿No sería posible imaginarse que la Tierra hubiera tenido anteriormente un anillo como Saturno? Supongamos entonces que se haya elevado de su superficie en la misma forma que el anillo de Saturno, conservándose largo tiempo, mientras que la Tierra, por quién sabe qué causas, ha sido reducida de una rotación mucho más rápida que la actual al grado que tiene ahora, si no se quiere atribuir a la materia elemental general que durante su caída lo haya formado según las reglas explicadas más arriba, lo que bien puede admitirse si prescindimos un poco de la exactitud y nos abandonamos en cambio a la inclinación hacia lo extraño y placentero. ¡Pero qué cúmulo de hermosos comentarios y conclusiones nos ofrece esta idea! ¡Un anillo alrededor de la Tierra! ¡Qué hermosura de aspecto para aquellos que habían sido creados para habitar la Tierra cuando era paraíso! ¡Cuánta comodidad para aquellos a quienes la naturaleza les debía sonreír desde todos los lados! Pero todo ello vale poco frente a la confirmación que una hipótesis de esta clase puede hallar en el documento del Génesis y que dará no poco motivo de aplauso a aquellos que consideran que al usar la palabra divina para respaldar los excesos de su ingenio, se comete no un sacrilegio, sino un acto consagratorio. Las aguas de la Expansión mencionadas en la descripción mosaica, ya han causado no poca dificultad a los exégetas. ¿No sería posible servirse de aquel anillo para salir de esta dificultad? Aquel anillo estaba constituido sin duda de vapores acuosos, y además de la ventaja que podía proporcionar a los primeros habitantes de la tierra, ofrecía esta otra de que en caso necesario se lo pudo dejar romperse para castigar con inundaciones a un mundo de que se había hecho indigno de tanta hermosura. O un cometa cuya atracción perturbó los movimientos regulares de sus partes, o aún el enfriamiento de la región donde se hallaba, reunía sus dispersas partes vaporosas, precipitándose sobre la Tierra en una de las más crueles tormentas. Nadie ignora sus consecuencias. Todo el mundo pereció en el agua e inhaló además en los vapores lejanos y fugaces de aquella lluvia no natural aquel lento veneno que acercaba todas las criaturas a la muerte y a la destrucción. Entonces, había desaparecido del horizonte el contorno de un arco pálido y luminoso, y el mundo nuevo que jamás podía recordar su aspecto sin sentir un terror ante aquel horroroso instrumento de la venganza divina, veía tal vez con no poco espanto en la primera lluvia aquel arco iris que por su figura parecía representar el primer anillo, siendo sin embargo destinado por la manifestación del cielo reconciliado a ser un signo de clemencia y símbolo de la permanente conservación de la Tierra renovada. La similitud que la figura de este monumento recordatorio tiene con el acontecimiento aludido, podría recomendar esta hipótesis a aquellos que se han dado a la actual tendencia de hacer concordar los milagros de la manifestación divina con las leyes ordinarias de la naturaleza. Yo considero más aconsejable renunciar al fugaz aplauso que tales concordancias pueden despertar, en favor del auténtico placer que nace de la percepción de las reglas de constitución cuando analogías físicas se apoyan mutuamente para determinar verdades físicas.


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