Historia natural y teoria general del cielo

Historia natural y teoria general del cielo

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Pero tal vez sea reservado a los tiempos futuros descubrir algún día, al menos, la región donde se halla el centro[2] del sistema de las estrellas fijas al que pertenece nuestro Sol, o hasta terminar donde habría que ubicar el cuerpo central del universo hacia el cual tienden todas sus partes en uniforme caída. De qué carácter sería esta pieza fundamental de toda la creación y qué se hallaría en él, lo dejamos que lo determine el Señor Wright de Durham quien, llevado por un entusiasmo fanático, ha elevado en este lugar feliz como sobre un trono de la naturaleza entera un vigoroso ser de la estirpe de los dioses, dotado de fuerzas espirituales de atracción y repulsión, que operando en una ilimitada esfera atraería hacia sí toda virtud, rechazando en cambio los vicios. Ya hemos dado demasiada libertad a la audacia de nuestras suposiciones para dejarles la rienda suelta hasta llegar a imaginaciones arbitrarias. La deidad está igualmente presente en todas las partes de la infinidad del espacio universal entero; está igualmente cercana en todas las partes donde hay naturalezas capaces de elevarse sobre la dependencia de las criaturas hasta la comunidad del Ser Supremo. Toda la creación está compenetrada de sus fuerzas, pero sólo aquel que consigue liberarse de la criatura y que es suficientemente noble para comprender que, únicamente en el goce de esta fuente de perfección hay que buscar el más alto grado de la felicidad, es capaz de encontrarse más cerca de cualquier otra cosa en toda la naturaleza a aquel verdadero punto de relación de toda perfección. Pero si, aun sin participar de la imaginación entusiasta del inglés, debiera emitir una suposición sobre los distintos grados del mundo de los espíritus de acuerdo a la relación física de sus lugares de residencia con respecto al centro de la creación, buscaría con mayor probabilidad las clases más perfectas de seres razonables más bien lejos de este centro que cerca de él. La perfección de criaturas dotadas de razón en cuanto depende de la calidad de la materia a cuya combinación se hallan limitadas, está íntimamente relacionada con la fineza de la materia cuya influencia determina a aquellas criaturas en su percepción del mundo y en su acción en él. La inercia y la resistencia de la materia limita demasiado la libertad de los seres espirituales para la acción y para la clara percepción de cosas exteriores y embota sus capacidades al no obedecer a sus movimientos con la debida facilidad. Por lo tanto, si cerca del centro de la naturaleza, como es probable, suponemos las especies más densas y pesadas de la materia y en cambio, de acuerdo a la analogía que reina en nuestro edificio mundial, en las distancias mayores los grados progresivos de fineza y liviandad, la conclusión es evidente. Los seres razonables cuyo lugar de formación y permanencia se halla más cerca del centro de la creación, están hundidos en una materia espesa e inmóvil que mantiene encerradas sus fuerzas en una inercia insuperable y carece en el mismo grado de la capacidad para transmitirles y comunicarles con la debida claridad las impresiones del universo. Por lo tanto, estos seres razonables deberán ser contados en la clase inferior; en cambio, con la distancia del centro común crecerá en escala permanente la perfección de este mundo espiritual que descansa sobre la mutua dependencia del mismo de la materia. En la región más baja en relación a este punto de caída habrá que colocar por consiguiente las familias más imperfectas y malas de naturalezas razonables, y hacia allá es donde la calidad de los seres con todos los matices de la disminución se va perdiendo finalmente en la falta absoluta de la reflexión y del pensamiento. En efecto, considerando que el centro de la naturaleza es al mismo tiempo el comienzo de su formación de la materia bruta y su límite con el caos, agregando que la perfección de seres espirituales, si bien tiene un límite extremo de su comienzo donde sus capacidades tocan la irracionalidad, no tiene límites de la continuación sobre los que no podría elevarse, si no encuentra hacía este lado una absoluta inmensidad, entonces será necesario, si existiera una ley por la cual las residencias de las criaturas razonables están distribuidas según el orden de su relación al centro común, ubicar la familia más baja e imperfecta que constituye algo como el comienzo de la especie del mundo espiritual, en aquel lugar que puede ser llamado comienzo de todo el universo, para llenar junto con éste en la misma progresión todas las inmensidades del tiempo y de los espacios con grados ilimitadamente crecientes de la perfección de la capacidad razonadora e ir acercándose paulatinamente al fin de la más alta perfección, es decir a la deidad, pero sin poder alcanzarlo jamás.


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