Historia natural y teoria general del cielo
Historia natural y teoria general del cielo Pero lo que demuestra tan claramente como cualquier otra cosa la originaria formación de los globos celestes de la materia elemental dispersas inicialmente en el espacio ahora vacÃo del cielo, es aquella coincidencia que me brinda el Señor de Buffon, pero que en su teorÃa, está lejos de tener la utilidad que tiene en la nuestra. Pues según su observación, al sumar los planetas cuyas masas pueden ser determinadas por el cálculo y que son Saturno, Júpiter, la Tierra y la Luna, resultarÃa un conglomerado cuya densidad se aproxima a la densidad del cuerpo solar como 640 a 650, y por tratarse de las piezas principales del sistema planetario, los restantes planetas, Marte, Venus y Mercurio, apenas merecen ser tenidos en cuenta. Comprobaremos pues con justificado asombro la extraña igualdad que reina entre la materia del edificio planetario entero, considerándolo reunido en un conglomerado, y la masa de los soles. SerÃa una ligereza irresponsable atribuir esta analogÃa a una casualidad, puesto que entre una variedad de materias tan infinitamente diversas de las que sólo en nuestra Tierra se encuentran algunas que se superan entre ellas quince mil veces en densidad, se ha aproximado tanto en su total a la relación de 1 a 1; habrá que admitir que, considerando el Sol como una mezcla de todas las especies de materia que en el edificio planetario están separados entre ellas, todos en conjunto parecen haberse formado en un espacio que inicialmente estaba lleno de materia uniformemente dispersa, reuniéndose sobre el cuerpo central sin distinción, mientras para la formación de los planetas fueron repartidas de acuerdo a las alturas. Dejaré que aquellos que no quieren admitir la formación mecánica de los cuerpos siderales, expliquen como puedan esta destacada coincidencia por los motivos de la elección de Dios. Cesaré finalmente, de fundamentar sobre más argumentos probatorios un asunto de tan convincente claridad como lo es el desarrollo del edificio mundial por las fuerzas de la naturaleza. El que puede quedar inmutable frente a tanta convicción, debe yacer profundamente atado en las cadenas del prejuicio, o debe ser totalmente incapaz de levantarse por encima del fárrago de opiniones tradicionales hacia la contemplación de la más pura verdad. Sin embargo, es de creer que nadie más que los imbéciles con cuyo aplauso no se puede contar, podrán desconocer lo acertado de esta teorÃa si las coincidencias que el edificio mundial posee en todas sus conjunciones en provecho de la criatura razonable pareciesen fundarse en algo más que meras leyes generales de la naturaleza. También se cree con razón que disposiciones hábiles que tienden a una digna finalidad, deben tener como autor una razón sabia, y se sentirá satisfacción completa al considerar que las cosas, no reconociendo otra fuente inicial que ésta, deben tener en sus calidades esenciales y generales una tendencia natural hacia conclusiones decentes y bien coincidentes entre sÃ. Por lo tanto, no hay por qué resistirse a atribuir las disposiciones de la constitución universal que resulten en beneficio de las criaturas, a una consecuencia natural de las leyes generales de la naturaleza, pues todo lo que fluye de ellas, no es el resultado del ciego azar o de la necesidad irrazonable, sino se basa al final de todo en la más Suprema SabidurÃa de la que las calidades generales deducen su coincidencia. Esta primera conclusión es muy acertada: Si en la constitución del mundo se manifiestan orden y belleza, existe un Dios. Pero la otra no es menos fundada: Si este orden ha podido derivarse de leyes generales de la naturaleza, ésta es por entero necesariamente un resultado de la Suprema SabidurÃa.