Historia natural y teoria general del cielo
Historia natural y teoria general del cielo Supongo que todas las materias de las cuales están formadas las esferas pertenecientes a nuestro mundo solar, todos los planetas y cometas, se hallaban al comienzo de todas cosas disueltas en sus elementos primitivos y llenaban en esta forma todo el espacio del edificio mundial dentro del cual giran ahora esos cuerpos. Este estado de la naturaleza, aun considerándolo por sí solo y sin mira a determinado sistema, parece ser el más sencillo que pueda seguir a la nada. En aquel momento, nada se había formado aún. La composición de cuerpos siderales distantes entre sí, su distancia proporcionada a las atracciones, su forma resultante del equilibrio de la materia reunida, todo ello es un estado de cosas posterior. La naturaleza que seguía inmediatamente a la creación, era tan informe y tan bruta como era posible. Pero hasta en las características más esenciales de los elementos que forman el caos, se observa un indicio de aquella perfección que llevan en sí desde su origen, puesto que su esencia se deriva de la idea eterna de la Razón divina. Las propiedades más sencillas y generales, aparentemente proyectadas sin ningún designio, y la materia, aparentemente sólo pasiva y necesitada de formas y disposiciones, poseen en su estado más simple la tendencia de llegar por medio de un desarrollo natural a una constitución más perfecta. Pero la diversidad de las especies de los elementos contribuye principalmente a que se mueva la naturaleza y se organice el caos, puesto que por ella se destruye el reposo en que la igualdad general de los elementos dispersos los sumiría, y se inicia dentro del caos la formación en los puntos donde se hallan las partículas de mayor fuerza de atracción. Las especies de esta materia elemental han de ser indudablemente de infinita variedad, de acuerdo a la inmensidad que la naturaleza muestra en todos lados. Los elementos de mayor densidad específica y fuerza de atracción, que ocupan menos lugar y son menos frecuentes, han de ser, en caso de una repartición equitativa por el espacio, más dispersos que las especies más livianas. Elementos de peso específico mil veces mayor, son mil o tal vez millones de veces más dispersos que los elementos más livianos, y esta escala de densidades debe ser imaginada como ilimitada. Por consiguiente, en la misma forma en que pueden existir partículas corporales de una especie superior en densidad a otra especie en la misma proporción en que una esfera cuyo radio sea la del espacio planetario, es superior a otra esfera cuyo diámetro es sólo la milésima parte, debe haber entre los elementos dispersos de la primera especie una distancia que esté en la misma proporción que la distancia entre los elementos de la segunda.