La Religion dentro de los limites de la mera Razon

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c) Dificultades contra la realidad de esta idea y solución de las mismas.

La primera dificultad que hace dudosa la alcanzabilidad de aquella idea de la humanidad grata a Dios en nosotros, en relación a la santidad del legislador junto a la deficiencia de nuestra propia justicia, es la siguiente. La ley dice: «¡Sed santos (en vuestra conducta de vida) como es santo vuestro padre que está en el cielo!»; pues éste es el ideal del hijo de Dios, ideal que nos es puesto como modelo. Pero la distancia entre el bien que debemos efectuar en nosotros y el mal de que partimos es infinita y en cuanto tal no alcanzable en ningún tiempo por lo que toca al acto, esto es: por lo que toca a, la adecuación de la conducta con la santidad de la ley. Con todo, la calidad moral del hombre debe concordar con esa santidad. Tal calidad, por lo tanto, ha de ser puesta en la intención, en la máxima universal y pura de la concordancia del comportamiento con la ley, como en el germen a partir del cual debe ser desarrollado todo bien; intención que emana de un principio santo que el hombre ha acogido en su máxima suprema. Un cambio de intención[43] que tiene que ser también posible, puesta que es deber. Ahora bien, la dificultad consiste en cómo la intención puede valer por el acto, el cual es siempre (no en general, sino en todo momento) deficiente. La solución estriba en que el acto, como progreso —continuado al infinito— del bien deficiente hacia lo mejor, sigue siendo siempre deficiente según nuestra estimación, en cuanto que nosotros estamos inevitablemente restringidos a condiciones de tiempo en los conceptos de la relación de causa y efectos; de modo que el bien en el fenómeno, esto es: según el acto, hemos de considerarlo en todo tiempo en nosotros como insuficiente para una ley santa; pero su progreso al infinito hacia la conformidad con esta ley, podemos, a causa de la intención de la que se deriva, la cual es suprasensible, pensarlo juzgado como un todo completo, también según el acto (la conducta de vida), por un ser que conoce el corazón en su pura intuición intelectual[*], y de este modo el hombre puede esperar, pese a su constante deficiencia, ser en general agradable a Dios, cualquiera que sea el momento en que su existencia se quiebre.


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