La Religion dentro de los limites de la mera Razon
La Religion dentro de los limites de la mera Razon Cuando debe ser fundada una Religión moral (que no ha de ser puesta en estatutos y observancias, sino en la intención de corazón de observar todos los deberes humanos como mandamientos divinos), todos los milagros que la historia enlaza con su introducción han de hacer finalmente superflua la creencia en milagros en general; pues si no se quiere reconocer a las prescripciones del deber, tal como están originalmente escritas en el corazón del hombre por la Razón, una autoridad suficiente a menos que sean certificadas además por milagros, ello pone de manifiesto un grado reprensible de incredulidad moral: «vosotros si no veis signos y milagros no creéis». Sin embargo, es totalmente adecuado al común modo de pensar de los hombres el que, cuando una Religión de mero culto y de observancias llega a su final y en su lugar debe ser introducida una Religión fundada en el espíritu y en la verdad (en la intención moral), la introducción de esta última, aunque ciertamente no lo necesita, vaya acompañada en la historia por milagros y en cierto modo adornada por ellos, para anunciar el final de la primera, la cual sin milagros no habría tenido ninguna autoridad; e incluso de modo que, para ganar a los adictos de la primera para la nueva revolución, se la interprete como un modelo más antiguo, ahora llegado a cumplimiento, de lo que en la última era el fin último de la Providencia, y bajo tales circunstancias no puede ser de ningún provecho discutir ahora aquellas narraciones o interpretaciones históricas, una vez que la verdadera Religión está ahí y puede mantenerse ahora y en adelante mediante fundamentos racionales, ella que en su tiempo hubo de ser introducida con la ayuda de tales medios; pues habría que aceptar que el simple creer y repetir cosas incomprensibles (lo cual puede hacer cualquiera, sin que por ello sea un hombre mejor ni llegue a serlo por ese medio) es un modo, e incluso el único, de agradar a Dios; alegación contra la que hay que luchar con todo el poder. Puede, pues, ocurrir que la persona del maestro de la única Religión válida para todos los mundos sea un misterio, que su aparición sobre la tierra así como su desaparición de ella, que su vida —llena de hechos— y su pasión sean puros milagros, e incluso que la historia que debe dar fe de la narración de todos esos milagros sea ella misma también un milagro (revelación sobrenatural); podemos abandonar todos esos milagros a su valor, podemos incluso honrar la envoltura que ha servido para poner públicamente en marcha una doctrina cuya certificación estriba en un documento que se mantiene imborrable en toda alma y no necesita de ningún milagro; con tal que, por lo que toca al uso de estos relatos históricos, no hagamos parte de la Religión el que saberlos, creerlos y profesarlos sea por sí algo mediante lo cual podamos hacernos agradables a Dios.
