Nunca
Nunca No podÃan dejar su cuerpo. No sin saber lo que tenÃa.
—¡Cúbranme!
Salió corriendo en zigzag, esquivando las balas que arrancaban polvo y arena a su alrededor. Llegó hasta el desertor y lo giró. Estaba agonizando, sus labios temblaban.
—En mi bolsillo… —susurró.
Tamara metió la mano en su chaqueta y sacó un pequeño disco de datos.
—Lo tenemos —informó.
—¡Pero no podemos salir! Nos tienen rodeados.
Tamara apretó la mandÃbula.
—Entonces abrimos un camino.
Se quitó una granada del chaleco, sacó la espoleta y la lanzó hacia el blindado enemigo más cercano.
Explosión.
—¡A la nave, ahora!
Los soldados corrieron bajo el fuego enemigo, arrastrando cuerpos de sus compañeros heridos. Tamara subió última al avión, disparando su rifle en ráfagas cortas para cubrir la retirada.
La compuerta se cerró, los motores rugieron y el suelo quedó atrás.
Respiró hondo. Miró el disco de datos en su mano.
—Más vale que esto haya valido la pena.