Nunca
Nunca Abajo, en la tierra, la guerra acababa de comenzar.
El reloj avanzaba. Cada segundo era un paso más hacia el abismo.
En Washington, Pauline Green sostenía el disco de datos entre los dedos. Tamara Levit estaba frente a ella, aún con la ropa cubierta de arena y pólvora.
—Dime que valió la pena —dijo la presidenta.
Tamara conectó el disco a la terminal segura del Despacho Oval. La pantalla parpadeó y luego apareció la información: nombres, ubicaciones, transacciones codificadas. Pero había algo más. Algo que hizo que el consejero de Seguridad Nacional, Gus Blake, se inclinara hacia adelante.
—Dios santo…
Pauline lo leyó en silencio. Cuando terminó, alzó la mirada.
—¿Es real?
—Cruzamos datos con inteligencia británica. Todo cuadra —respondió Blake con gravedad.
China no solo estaba moviendo piezas en África. Estaban preparando algo más grande. Un ataque preventivo disfrazado de maniobra de seguridad. Una chispa capaz de encender la mecha de una guerra mundial.
Pauline se levantó.
—Llámame a Pekín. Ahora.