Diario de un seductor
Diario de un seductor Todo marcha de acuerdo con los deseos. Desde el centro de la habitación, se ve por ambos lados el horizonte infinito y se siente la soledad en el inmenso océano del aire. Y si nos acercamos a una ventana, un bosque se curva ante nosotros, igual que una corona que todo lo limita y lo rodea en paz. Así debe ser. ¿No ama el amor la quietud aislada? El paraíso terrenal fue un lugar cerrado, un jardín que se extendía hacia Oriente.
Si nos acercamos a la ventana, vemos un pequeño lago, tranquilo, humildemente oculto entre sus frondosas orillas; en la playa hay una barca. Un suspiro del corazón hinchado, inquieto aliento de los pensamientos, pasa por la orilla, resbalando por el lago, a impulsos del leve soplo de un deseo que carece de palabras.
El alma se pierde en la misteriosa soledad de la selva o se acuna en las minúsculas olas del lago que sueña con las verdes oscuridades del bosque…
Del otro lado, se extiende ante los ojos el mar infinito… Y el amor ama lo infinito: el amor teme las fronteras…