Diario de un seductor

Diario de un seductor

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Sobre la sala hay una salita, casi un gabinete, similar hasta el engaño a la casa de los Wahl. Una alfombra de mimbre cubre el piso, lo mismo que allí, ante el diván hay una mesita para el té y encima pende una lámpara, exactamente como en aquella casa… Todo está exactamente igual, pero aquí tiene un valor mucho más grande. Bien puedo permitirme este pequeño aumento en la calidad.

En la sala, un piano parece el de casa de las Jensen, que ella conoce tan bien. En el atril, se encuentra la breve canción sueca.

La puerta principal no está cerrada, pero Cordelia deberá entrar por otra: Hans lo sabe perfectamente. Sus ojos deberán ver al mismo tiempo la salita y el piano, para que los recuerdos se despierten en su alma: en aquel mismo instante, Hans abrirá la puerta.

Así la ilusión será completa.

Tengo la seguridad de que Cordelia estará contenta de todo. Cuando contemple la mesita, advertirá un libro, Juan irá a tomarlo como si lo fuera a guardar y dirá ligeramente:

—Un señor que estuvo aquí esta mañana debió olvidarlo. Así Cordelia sabrá que aquella misma mañana yo estuve en la salita y sentirá deseos de ver el libro.


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