Diario de un seductor
Diario de un seductor Cuando se apacigua mi impaciencia y recupero la calma, casi me parece que sentimientos y recuerdos sólo me interesan delante de una imagen, su imagen; peor jamás consigo llegar a una configuración de nÃtidos contornos. Es igual que una trama de tejido muy tenue; cuyo dibujo es más claro que el fondo y no se le puede ver porque resulta demasiado desvaÃdo.
Me encuentro en una extraña situación que, pese a todo, tiene en sà algo agradable. Aún me siento joven y de esto me convence otro hecho; elijo mis vÃctimas entre las muchachas y no entre jóvenes casadas. Una mujer casada resulta menos espontánea y tiene menos coqueterÃa y, con esas mujeres, el amor no es ni hermoso ni interesante. Apenas resulta excitante y lo excitante es siempre lo que menos interesa…
Nunca creà que volverÃa a sentir el perfume de un primer amor. Nada de extraño tiene que ahora me halle un poco extraviado. Mucho mejor, pues de esta nueva pasión espero más que nunca.
Ni yo mismo me reconozco; el corazón me estalla, tempestuoso, como en un mar hinchado por violenta borrasca. Cualquier otro iba a creer que mi nave va cortando con su aguda proa el enorme oleaje y que en su terrible travesÃa se hundirá en los abismos, pero sentado entre los mástiles, hay un experto e invisible marino, que sabe encauzar bien la ruta.