Diario de un seductor

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Me encontraba en la calle entre la puerta del norte y la del oeste: serían cosa de las seis y media. El sol había perdido su fuerza y casi ni un recuerdo del día brillaba desde el fondo de suave rojo de la puesta del astro, que todo lo teñía de púrpura. La naturaleza respiraba con mayor libertad. El lago aparecía terso como un cristal y las casas del dique se reflejaban en las aguas que surcaban largas franjas de un color gris metálico. Tanto el sendero como los edificios de la otra orilla se dibujaban dulcemente bajo los rayos solares. El purísimo ciclo tan sólo mostraba aquí y allá algunas nubes, cuya imagen corría y desaparecía en la luminosa frente del agua. No se movía ni una hoja.

Y ella se me apareció. Los ojos no me engañaron, pero aunque desde mucho tiempo me estaba preparando para esa hora, me asaltó una indefinida inquietud, tan fuerte que no logré dominarla. Tenía en mí la sensación de un subir y un caer, parecida al canto de la alondra que sube y cae en los campos. Estaba sola: no recuerdo cómo estaba vestida, aunque tengo presente su figura. Estaba sola: y parecía estar a solas con sus pensamientos, no consigo misma. No pensaba pero sus pensamientos debieron hacer que naciera en su alma alguna imagen deseada, llena de presentimiento y tan misteriosa como un suspiro de niña: Estaba en la estación más hermosa de su existencia.


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