Diario de un seductor
Diario de un seductor Pero ¡qué dicha! He tenido ahora la suerte de volverla a ver por vez primera durante la primavera, en la más hermosa estación del año, en un resplandor de luz vespertina.
Naturalmente, también el invierno tiene sus ventajas. Un salón que resplandece de luz puede ser marco apropiado para una muchacha en traje de baile, pero ella difícilmente resulta favorecida, ya que éste es el fin que persigue y, también, porque todo este aparato obliga a pensar, por contraste, en la vanidad y en la fragilidad, despertando de esta manera una especie de impaciencia que resta frescura al goce.
A veces, yo renunciaría con placer al salón de baile, pero no sé si podría prescindir siempre de aquel suntuoso lujo, de aquel exceso de juventud y de belleza, de aquel juego de tantos elementos. Sin embargo, no consigo allí encontrar mucha satisfacción pues me paseo tan sólo entre posibilidades. No es una sola belleza la que allí me encanta, sino el conjunto. Ante mí se mueve una imagen de ensueño; todas aquellas muchachas se confunden en ese conjunto y todos sus movimientos tienden hacia un solo fin, buscan la estabilidad en una imagen única que nunca llegará realmente a surgir.