Diario de un seductor

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Ella era delgada y altiva, misteriosa y plena de pensamientos, cual un abeto, cual un vástago, cual una idea que desde lo más hondo de la tierra se eleva al cielo. Misteriosa, pero misteriosa por sí misma, era un todo sin partes. El haya se va ensanchando, se alarga encima del tronco, en corona, y sus innumerables hojas agitadas por el viento van contando lo que ha ocurrido debajo suyo: el abeto no tiene corona, carece de cuernos, es el árbol misterioso. Así era ella también. Era ella misma, oculta en sí misma. Se elevaba hacia las alturas, liberándose de sí misma, llena de sosegada altivez, con el impulso del abeto, que, no obstante, está atado a la tierra.

En ella había, algo difusa, una tonalidad melancólica, similar al gemir de la paloma silvestre. Era una profunda aspiración que nada desea, era un enigma que poseía en sí mismo su propia solución, era como un misterio. Y nada hay en el mundo que tenga tanta belleza como la palabra que puede resolver este enigma.

¡Gracias, bondadoso azar, mil gracias! Si la hubiese vuelto a ver durante el invierno, se me hubiera aparecido envuelta por completo en su capa verde, tal vez un poco aterida de frío, quizá menos hermosa a causa de la crudeza del tiempo.


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