Diario de un seductor
Diario de un seductor La envolvía una sosegada paz y su rostro se iluminaba con una sombra de melancolía. Me parecía tan leve, que hubiera podido levantarla con una mirada, leve como Psiquis, a quien, según dicen, podían llevar los Genios, pero aún más leve puesto que se llevaba a sí misma.
Aun cuando los Padres discuten la Asunción de la Virgen, no lo estimo inconcebible; pero la vaporosa ligereza de una muchacha supera los límites de lo concebible y se mofa de la ley de gravedad.
Ella no contemplaba nada y, por ese motivo, no se creía contemplada. Yo la seguía desde lejos, devorándola con la vista. Iba lentamente y no apresuraba el paso como para perturbar su paz o los aspectos de la naturaleza en derredor.
Un niño estaba sentado en la orilla del lago, pescando. Ella se detuvo para mirarse en el espejo de las aguas y contemplar el corcho del sedal. Aunque caminó muy lentamente hasta allí, debió de sentir calor y se quitó la bufanda que llevaba bajo el chal, alrededor el cuello.