Diario de un seductor
Diario de un seductor El niño, que, quizá, no tuviera muchos deseos de que le mirasen, echó una ojeada en torno suyo con aire de aburrimiento y, al hacerlo, mostró un aspecto tan curioso que ella se echó a reÃr. ¡Y con qué jovialidad reÃa! Sus ojos eran grandes y luminosos; tenÃan un resplandor oscuro y dejaban entrever su profundidad, sin dejarse penetrar; eran puros y llenos de inocencia, dulces y serenos, vÃvidos en su sonrisa. La nariz, finamente encorvada, se volvÃa más breve y audaz, vista de perfil.
Continuó su camino hacia la puerta del oeste. Yo la seguÃ. Por fortuna, habÃa mucha gente que paseaba por la calle, de modo que hablando ahora con uno y luego con otro, le permitÃa ganar un poco de terreno para recobrarlo en seguida; de este modo no necesitaba mantenerme siempre a la misma distancia.
¡Con cuánto placer hubiera deseado verla más de cerca sin ser visto! Desde la casa de alguna gente conocida que diera sobre esa calle, no me hubiera sido difÃcil lograr mi propósito; me bastaba con hacerles una visita. Rápidamente, me adelanté a ella como si ni siquiera la hubiese visto. Logré precederla de este modo durante un largo trecho, entré a visitar a la familia amiga, y después de los saludos, me acerqué con simulada indiferencia a la ventana. Ella pasó y pude mirarla a mi gusto, a pesar de entretenerme con la gente que detrás de mà estaba tomando el té en la sala.