Diario de un seductor
Diario de un seductor Su manera de andar me demostró que aún no había tomado lecciones de danza, pues avanzaba llena de altivez y de natural nobleza, sin poner atención en sí misma. Desde la ventana yo no podía ver toda la calle, sino tan sólo un espacio desdichadamente breve y, más allá, un puente sobre el lago. Allí la divisé, sorprendida, al cabo de un rato. ¿Es que, quizá, vive allí fuera, en el campo? Puede que su familia pase el verano fuera de la ciudad.
Al verla en el extremo del puente me pareció descubrir un sino premonitorio de que ella iba a desaparecer de nuevo de mi vida. Pero, en cambio, vuelvo a verla muy cerca; pasa por delante de la casa donde estoy; en seguida echo mano a mi sombrero, para correr tras ella, para saber dónde vive… pero en mi apresuramiento tropiezo con una señora que me estaba ofrecieron el té. Oigo un grito de espanto, pero en ese momento sólo pienso en el modo de liberarme; y para justificar con una broma mi retirada, digo con voz patética:
—Igual que Caín, quiero huir del lugar en que vertí este té.