Diario de un seductor
Diario de un seductor —Cordelia, Cordelia.
La tercera las alcanzó y comenzaron a hablar en voz baja, como en un consejo secreto.
Inútilmente agucé el oÃdo, para escuchar algo.
Las muchachas estallaron en carcajadas y las tres se encaminaron en la dirección que seguÃan las dos que se alejaban. Las seguà hasta que llegaron a una casa de la orilla. Esperó durante un rato, confiando en que Cordelia volverÃa a salir sola, pero no fue asÃ.
¡Cordelia! ¡Un nombre maravilloso, en realidad! También se llamaba asà la tercera hija del rey Lear, aquella hermosa virgen cuyo corazón no estaba en los labios, porque sus labios eran mudos, aunque el corazón palpitase con tanto ardor. Asà es también mi Cordelia; y tengo la certeza de que se le parece, aunque su corazón debe estar en los labios, pero más que en las palabras en los besos. Labios suavÃsimos, llenos de sangre en flor: ¡jamás vi otros más bellos!
¡Ahora estoy verdaderamente enamorado! Y lo advierto también porque siento todas las cosas colmadas de infinito misterio. Todo amor, incluso el infiel, está lleno de misterio, cuando se sabe conservar en él un indispensable quantum estético. Jamás se me ocurrió confiar mis aventuras de amor ni siquiera a mis amigos más Ãntimos, ni en la más mÃnima parte…