Diario de un seductor
Diario de un seductor El joven trabaja en las oficinas del padre y es apuesto, simpático y algo tímido, lo que, según parece, no le perjudica a los ojos de la muchacha.
El pobre Eduard no sabe en absoluto qué hacer con su gran amor. Cuando, por las noches, Cordelia llega a su casa, él se viste solemnemente de gala en honor suyo, por ella tan sólo se pone su traje negro nuevo y por ella luce sus puños de camisa relucientes. Y en medio de la acostumbrada sociedad, reunida como todos los días en su salón, con ese extraordinario aparato se vuelve casi ridículo, lo que le confunde increíblemente.
De tratarse de un caso fingido, Eduard podría convertirse en un rival desde luego peligroso. Se necesita, sin duda, un arte refinadísimo para sacar partido del extravío, pero quien lo posee puede lograr muchísimo con este recurso: de este modo pude engañar con frecuencia a varias muchachas. Por lo general, ellas hablan con desdén de los hombres tímidos, pero, en secreto, los aman. Un ligero extravío halaga la vanidad de una adolescente, que entonces se siente la más fuerte: constituye una especie de homenaje o de tributo que se les rinde.
Pero, tras haberla adormecido de este modo en la ilusión, hay que mostrarles en una oportunidad, en que podría imaginar vernos morir confundidos, que, en cambio, se está muy lejos de eso y que se sabe encontrar el camino.