Diario de un seductor

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Pero Cordelia no debe sentirse obligada por mi causa, hacia mí, en nada, pues es preciso que sea libre, ya que solamente en la libertad está clamor, tan sólo en la libertad reside el eterno pasar de las horas felices. Aunque la tenga fuertemente en mi dominio, aunque me esfuerzo para llevarla al punto en que gravita atraída hacia mí, ella deberá caer en mis brazos, por lo menos aparentemente, como movida por un impulse natural. Y hago, y eso es de la mayor importancia, que no caiga como un cuerpo pesado, sino que, cual un espíritu, aletee alrededor de mi espíritu.

Aunque Cordelia me deba pertenecer, esa posesión no ha de llegar a identificarse con algo nada hermoso que pese sobre mí como una carga. Ella no debe resultarme una molestia, desde el punto de vista físico, ni un deber desde el punto de vista moral. Entre los dos, ha de reinar la libertad en el juego más exquisito. Mi mujer ha de resultarme tan ligera que la pueda sostener entre mis brazos.

Cordelia ocupa mi mente en exceso. Cuando estoy a su lado no pierdo nunca el equilibrio, pero en las horas de soledad mi cerebro sólo se dedica a ella. A veces, tengo un deseo infinito de ella y no de hablarle, sino de ver surgir su imagen ante mí, por lo que con frecuencia la sigo por la calle, no para que me vea, sino solamente para verla.


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