Diario de un seductor
Diario de un seductor Anoche salimos juntos de casa de los Baseter; Eduard la acompañaba. Me separé pronto de ellos y de prisas me dirigí a un lugar apartado donde me esperaba mi criado; me disfracé con presteza y nuevamente fui a su encuentro, sin que ella lo sospechase. Eduard seguía mudo como siempre.
Estoy enamorado, es cierto, pero no en el sentido vulgar y común de la palabra, y cuando uno está enamorado de esta manera, hay que prestar atención porque las consecuencias pueden ser peligrosas: enamorado hasta ese punto sólo se está una vez en la vida.
Pese a todo, el Dios del Amor es ciego y cuando se pone esmero, no es difícil engañarlo. El verdadero arte reside en adquirir la perceptivilidad emotiva mayor que se pueda, saber qué impresión se causa y cuál es la que se percibe de una muchacha. De este modo, se puede estar enamorado de muchas mujeres a la vez, puesto que se ama en grado distinto las distintas cualidades que cada una posee. Es muy poco amar a una sola, amarlas a todas se considera superficial, pero conocerse uno mismo y amar a todas las que se pueda, de tal manera que el alma se alimente, mientras la conciencia lo abarca todo, ¡ese es el placer, esa es la vida!