Diario de un seductor
Diario de un seductor Pero, al fin y al cabo, Eduard no puede quejarse de mí. Es cierto que pienso servirme de él como de un instrumento por el que Cordelia llegue a odiar el amor común y pasar más allá de sus límites, pero es indispensable que Eduard no sea una caricatura, puesto que entonces no sirve de nada. Y Eduard no es sólo un buen partido desde el punto de vista burgués; posee en su persona muchas cualidades agradables, que yo le ayudo a mostrar. Lo mismo que una modista o un decorador, le adorno lo mejor posible hasta donde me consienten mis medios: a veces hasta le visto con plumas ajenas.
Cuando nos dirigimos a casa de Cordelia, el hecho de ir caminando a su lado me infunde una curiosísima sensación. Me da la sensación de un hermano, casi un hijo, pero, sin embargo, es mi amigo, mi coetáneo y rival. Pero nunca llegará a serme peligroso. Cuanto más alto le coloque, tanto mayor será la altura desde la que Cordelia se acostumbrará a mirar lo que después va a tener que despreciar y tanto mayor se hará el presentimiento de aquello que desea infinitamente.
Ayudo a Eduard, hablo bien de él, hago, en fin, todo lo que un amigo puede hacer por un amigo. Para poner más completamente de relieve mi frialdad, presento a Eduard como un soñador. Y como nada sabe hacer por sí mismo, siempre necesita de mi ayuda para poder avanzar.