Diario de un seductor
Diario de un seductor Ayer por la noche me propuse poner a prueba la expansividad del espíritu de Cordelia. Me sentía indeciso acerca de si debía hacer que Eduard le prestase las poesías de Schiller, para así encontrar después en ella, como por azar, el canto de Tecla, o bien las de Bürger. Me decidí por estas últimas, en especial a causa de Eleonora, que es un tipo exaltado pese a su belleza. Leí aquella poesía en voz alta y con gran sentimiento. Cordelia quedó muy conmovida y comenzó a coser de un modo febril, como si Guillermo debiera llevarla a ella en vez de a Eleonora.
Callé. La tía estuvo escuchando, sin interesarse demasiado por la lectura. Guillermo no la asusta ni vivo ni muerto y, además, no entiende bien el alemán. En cambio, se encontró en su elemento cuando comencé a hablarle del arte de la encuadernación, tras mostrarle lo bien que estaba encuadernado el libro. Así me proponía borrar en seguida la patética impresión que provocara en Cordelia. Por lo visto, se sentía íntimamente estremecida, pero no por una conmoción que pudiera hacerla caer en tentaciones; es más probable que experimentase una sensación de miedo.