Diario de un seductor

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Hay varias clases de rubor virginal: el vulgar sonrojo de las protagonistas de novela, que siempre se vuelven «rojas como el fuego», y un enrojecer más delicado, como una aurora espiritual que en una jovencita resulta maravilloso. El rubor fugaz que acompaña a un pensamiento feliz, es hermoso en el varón, más hermoso en el adolescente y encantador en la mujer. Es un centelleante resplandor del espíritu, que si resulta bello en un joven, encanta en una muchacha, pues su doncellez aparece así en su luz más pura. A medida que se avanza con los años, este rubor desaparece casi por completo.

A veces le leo algo a Cordelia, casi siempre de cosas indiferentes. Le indiqué a Eduard que es posible trabar agradables relaciones con una muchacha, prestándole libros. Efectivamente, Cordelia se mostró agradecida con él, por esa atención. Pero la ventaja para mí es que puedo decidir en la elección de los libros: de este modo conseguí un excelente recurso de observación. Yo, le doy los libros a Eduard, pues para él, la literatura es «terreno desconocido»; cuando, después llego a casa de Cordelia, tomo con aire distraído un libro de la mesa, leo algunas frases a media voz y alabo el gusto de Eduard por la elección.



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