Diario de un seductor
Diario de un seductor Conmigo preferirÃa luchar; y me envidia la orgullosa independencia frente a los hombres, la arrogante independencia, ¡la libertad del árabe del desierto! Mi ironÃa y mis excentricidades neutralizan toda manifestación amorosa. Por otra parte, Cordelia se muestra bastante expansiva conmigo, porque no ve en mà a un adorador; me toma una mano, me la aprieta, rÃe conmigo y me muestra cierta atención en el sentido más estrictamente griego de la palabra.
Cuando con mis burlas irónicas le he divertido bastante tiempo, sigo el consejo de la vieja canción: «extienda el caballero su capa roja y pida a la doncella que se tienda allû. Pero yo no extiendo la capa para evitar el contacto helado de la tierra, sino para desaparecer en el espacio, en alas del pensamiento.
O bien, no me la llevo, me coloco ante una idea, le hago señas con la mano y desaparezco; quedándome sensible para ella tan sólo en el eco de la palabra alada; cuanto más hablo más me elevo. Entonces, en un audaz vuelo del pensamiento, Cordelia pretende seguirme, elevándose en alas de águila. Pero yo sólo soy asà en un instante; después, en seguida me vuelvo frÃo y seco.