El concepto de la angustia

El concepto de la angustia

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La Iglesia griega llama al pecado original: ἁμάρτημα προτοπατορικόν[3] Esto significa que aquella Teología no cuenta en modo alguno con un concepto, ya que esas palabras no encierran más que una simple etiqueta histórica, una etiqueta que no señala lo presente como hace el concepto, sino sólo lo históricamente concluido. Tertuliano lo llama vitium originis, lo cual es sin duda un concepto, pero con la dificultad de que esa forma de expresión permite que lo histórico pueda seguir considerándose en última instancia como lo decisivo. San Agustín lo llama peccatum originale —quia originaliter traditur—, y esto supone el concepto, el cual queda todavía mucho más claramente definido mediante la distinción agustiniana del peccatum originans y el originatum. El protestantismo rechaza las definiciones escolásticas, por ejemplo, las de carentia imaginis Dei o defectus justitiae originalis; a la par que también rechaza la afirmación de que el pecado original sea una pena, según lo declara la Apología de la Conf. Augustana: concupiscentiam poenam esse non peccatum, disputant adversarii. Rechazadas ambas cosas, el protestantismo empieza a avanzar por ese clímax entusiástico que se cifra en palabras como vitíum, peccatum, reatus, culpa. Aquí lo único que importa es dejar que se desborde la elocuencia del alma destrozada, con lo que no es nada extraño que más de una vez irrumpan algunas ideas totalmente contradictorias en medio del discurso acerca del pecado original, como cuando se dice: nunc quoque afferens iram Dei iis, qui secundum exemplum Adami peccarunt[4] Otras veces, a aquella elocuencia dolorida no le interesa lo más mínimo nada que tenga relación con el pensamiento y se despacha a su gusto afirmando cosas espantosas en torno al pecado original, como es el caso de la Formula Concordiae cuando declara lo siguiente: quofit, ut omnes propter inobedientiam Adae et Hevae in odio apud Deum simus[5]. Sin embargo, dicha fórmula es lo bastante precavida como para no dejar de protestar en contra de que se piense tal cosa, pues de pensarlo así el pecado se convertiría de seguro en la sustancia misma del hombre[i]. Tan pronto como desaparece el entusiasmo dela fe y dela contrición, ya nadie echa mano de semejantes categorías, las cuales sólo sirven para que la ingeniosidad intelectual soslaye el conocimiento del pecado. Claro que el hecho de que hoy se necesiten otras categorías no es un indicio fehaciente de la perfección de nuestro tiempo, exactamente en el mismo sentido que tampoco lo es el que hoy estén de más las leyes draconianas.


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