Temor y temblor

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Y sin embargo se elogia a Abraham. El predicador puede permitirse el lujo de dormir hasta un cuarto de hora antes de su sermón, y su auditorio dormitar mientras lo escucha, pues todo transcurre plácidamente, sin sobresaltos por ninguna de las dos partes. Pero si entre los presentes se encuentra una sola persona que padece de insomnio, es muy posible que ésta, ya de nuevo en su casa, se siente en un rincón apartado y piense: «Es cosa rápida, apenas hay que esperar un minuto y se ve el carnero: la prueba ha concluido». Estoy seguro de que si el orador sorprendiese a este hombre en tales meditaciones, le apostrofaría, rebosante de dignidad, con estas palabras: «¡Desgraciado! ¿Cómo puedes permitirle a tu alma hundirse en semejante locura? ¡Aquí no ocurren milagros! ¡La vida entera es prueba!». Y a medida que barbota su torrente de palabras se siente más y más animado, más y más satisfecho de sí mismo y mientras que, cuando contó la historia de Abraham, no se había acalorado, siente ahora hinchársele las venas de la frente. Pero quizás se quedaría sin aliento y sin réplica si aquel hombre le respondiese serenamente: «Yo trataba simplemente de llevar a la práctica lo que predicaste el domingo pasado».





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